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Cultura

El poder del color, por Ana Bonamico

El poder del color, por Ana Bonamico

Creadora de un mundo abstracto en una paleta de fluorescentes, la argentina Ana Bonamico es una de las artistas del momento. Bazaar tuvo la oportunidad de conocer su atelier, ubicado en el corazón de Providencia. 

 

Como una gran explosión de historias en tonos luminosos… o como un guiño a la realidad desde un mundo tan abstracto como vibrante. En cada pared del departamento de la artista Ana Bonamico, ubicado en un antiguo edificio de Providencia, cuelgan sus obras más aplaudidas. Son pinceladas que atrapan y que a sus cortos veinte años la hicieron querer expandir sus horizontes artísticos hacia la Bienal de Venecia, Nueva York y Ginebra, las mismas que hoy se enfrentan vertiginosamente ante poderosos destellos fluorescentes sobre lienzo.

Ana nos recibe en su atelier, ubicado en una de las habitaciones de su departamento. “¡Qué calor que hace, chicos! ¿No les parece?”, comenta en voz alta caminando hacia la cocina con un inconfundible acento trasandino. A los pocos segundos aparece en el taller cargando una jarra con agua y hielo.

Durante las últimas semanas, esta artista argentina radicada hace más de dos años en nuestro país al que llegó junto a su marido, el fotógrafo Tom Ghiorzo y Berlín, el labrador dorado que esperaba en la puerta del departamento cuando llegamos a hacer esta entrevista, expuso su reconocida muestra Art Fiction en el hotel W, la que define como “una experiencia a los cinco sentidos con intervalos de luces que estimulan a sus espectadores con el fin de hacerlos parte de la obra”. Al mismo tiempo, creó una colección cápsula para una reconocida marca nacional y fue una de las expositoras del encuentro exclusivo La cultura del nuevo lujo de Editorial Televisa, donde profundizó acerca del desarrollo del arte contemporáneo, la innovación y vanguardia en la escena cultural.

“EL GRAN VALOR DE LAS REDES ES QUE UN ARTISTA LOCAL PUEDE SER UN ARTISTA DEL MUNDO”

Ana Bonamico

El atelier donde nos encontramos es reflejo de esa noción. Las paredes son totalmente blancas, también el piso y las terminaciones. Una planta cuelga desde el techo y sus ramas se amplían con fuerza frente al cerro San Cristóbal. Junto a la ventana, un imponente escri- torio de madera reúne brochas de varios tamaños, tarros de pintura, mezcladores, lápices grafito y polaroids intervenidas con dibujos. Los tonos fuerte de sus materiales de trabajo contrastan con el resto del ambiente y son el signo más representativo de su obra autoral.

Berlín entra al atelier y comienza a lamer los botines de Ana. Mientras tanto, el lente de nuestro equipo los enfoca para inmortalizar el momento. Ella viste un look total white y el fondo es un lienzo del tamaño de la muralla, su última obra en proceso. “Mi arte es súper vivo. Trabajo con el concepto de la huella, pero ojo… el de mi huella (eleva la voz). Ves una pintura abstracta en un principio, luego identificas un mundo entero, un todo”. Cáscaras de plátano, labios carnosos, marcianos y objetos voladores brillan frente a nuestros ojos mientras Ana se mantiene en el encuadre del videoclip que comenzamos a grabar para nuestras redes sociales.

 

 

“Me gusta dejarme llevar, ser libre, así funciona esto”, cuenta sobre el proceso creativo detrás de sus obras. Después de los bosquejos, vienen los acrílicos, acuarelas y pasteles al óleo en una paleta que vibra según la luz que esta reciba. Lo mismo ocurre en sus intervenciones en vitrinas comerciales, indumentaria para celebridades y objetos para diferentes eventos. En esas pinturas descansan momentos, recuerdos y vivencias, también está Berlín.

Un click aquí, otro allá y la sesión concluye. Al rato nos trasladamos hacia el comedor, que mira en 180 grados hacia la cordillera y parece una galería de arte en sí misma. En la pared de en frente se divisa una galaxia en tonos rosa fuerte y amarillos intensos. A un costado, un mural en la paleta de los pasteles. Cuesta fijar la vista en un solo punto.

“No puedo creer cómo ha pasado el tiempo… (hace una pausa) no te imaginás lo agradecida que estoy de Chile”. Ana es consciente del gran momento laboral que está viviendo, el que explica con una vida amarrada a los pinceles y a las bellas artes. “Siempre adoré la pintura, pintaba y pintaba todos los días sin falta después de la facultad. Pero sabes, también hay mucho de mi personalidad, soy movida y armo propuestas todos los días. Desde un comienzo envié todas mis obras a museos, como el Reina Sofía y el Moma. Soy súper jugada”, reconoce.

Al éxito de su lenguaje visual también suma cientos de likes por publicación a través de su cuenta de Instagram @anabonamico. Ahí es seguida por más de 32 mil personas, quienes aplauden sus intervenciones artísticas y su sentido de la moda y estética. “De a poco me empecé a meter en esto, no te pensés que fue de un día para otro”. Y agrega: “El gran valor delas redes es que un artista local puede ser un artista del mundo, pero quiero cuidar mi arte, que no sea una moda, tampoco algo pasajero”.

Por lo mismo, sus publicaciones online mantienen a raya un cuidadoso formato, que eleva el concepto detrás de la figura. “Es una gran herramienta, pero la veo con mucho respeto, porque te puede jugar a favor y en contra. Podría estar todo el día mostrando fotos del proceso de mis obras, de cómo dibujo, de cuándo pinto… pero eso también puede cansar a los que están mirando”.

Ese mundo interno es el que cuida con recelo. “Disfruto mis días en casa. Las mañanas son en la cama con mate revisando mi correo, sigo con desayuno tipo brunch y después salgo a caminar con Berlín por el barrio. Las tardes me gusta estar en mi atelier”. El resto del tiempo lo destina a su familia y amigos, la búsqueda de nuevos proyectos y destinos para conquistar.

Con brocha en mano se prepara para viajar en auto hacia Punta del Este, donde hará una intervención para Chanel. Una ruta adorada por ella y Tom por su infinidad de locaciones para fotografiar, un momento para explorar juntos en su faceta como estilista y productora de editoriales de moda para diversas publicaciones internacionales. “Tom es quien conoce mi obra desde su origen y a quien siempre recurro cuando surgen nuevas ideas para mi arte, con él me asesoro. Está buenísimo charlar con él sobre el concepto”. Confiesa que adora Chile, sobre todo Tunquén y el desierto de Atacama. “Hay zonas espectaculares en este país y en ellas las fotos que hacemos con Tom se dan de manera orgánica”, explica.

En la mira para este año la dupla tiene a la ruta 66 por California, donde asistirá por tercer año consecutivo al ondero festival de música Coechella. Sin límites y ambiciosa, cuenta que pretende expandir su obra hacia Los Ángeles, Londres y Miami. “Y bueno, te insisto”, se sonroja. “Si no lo sueño yo, ¿quién?”

Créditos Autor: María Fernanda Aguirre

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